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miércoles, 4 de febrero de 2009

C.L

Al final que importa más: ¿vivir o saber que se está viviendo?

domingo, 3 de febrero de 2008

Hélène Cixous.


Si Kafka fuera mujer. Si Rilke fuera una brasileña judía nacida en Ucrania. Si Rimbaud hubiera sido madre y hubiera llegado a cincuentona. Si Heidegger hubiera podido dejar de ser alemán, si hubiera escrito la Novela de la Tierra. ¿Por qué cito todos estos nombres? Para intentar perfilar el terreno. Por ahí escribe Clarece Lispector. Ahí donde respiran las obras más exigentes, ella avanza. Pero, luego, donde el filósofo pierde aliento, ella continúa, va aun más lejos, más lejos que cualquier clase de saber. Después de la comprensión, paso a paso, se adentra estremeciéndose en el incomprensible espesor tembloroso del mundo, con el oído finísimo, alerta para captar incluso el ruido de las estrellas, incluso el mínimo roce de los átomos, incluso el silencio entre dos latidos del corazón. Vigía del mundo. No sabe nada. No ha leído a los filósofos. Y sin embargo, a veces juraríamos oírles susurrar entre sus bosques. Lo descubre todo.

Todos los movimientos paradójicos de las pasiones humanas, los dolorosos maridajes de los contrarios, que constituyen la mismísima vida, miedo y valentía (el miedo es también valentía), locura y sabiduría (la una es la otra como la bella y la bestia) carencia y satisfacción, la sed es agua… Nos descubre todos los secretos, y, una a una, nos brinda las mil claves del mundo. Y también es experiencia suprema, sobretodo hoy en día, consistente en ser-pobre a fuerza de pobreza, o a fuerza de riqueza. ( En "La risa de la medusa")

sábado, 26 de enero de 2008

clarice

¿Por qué tomas tantos calmantes?- preguntó él sonriendo.

-ah- dijo ella con simplicidad- mira: pongamos que una persona gritase y entonces otra persona pusiera una almohada en la boca de la otra para que no oyese ese grito. Pues cuando tomo calmantes no oigo mi grito, sé que estoy gritando pero no lo oigo, es eso- dijo ella arreglándose la falda. (…)

Ambos se quedaron un instante callados, esperando que muriese el eco de lo que ella había dicho.

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